La Gran Omisión

La Gran Omisión

He estado meditando mucho en la grave falla que se está observando en la iglesia contemporánea, que ha transformado la Gran Comisión dejada por nuestro Señor antes de ascender al cielo y sentarse a la derecha del Padre (Mateo 28:18-20), por la gran evangelización sin cuidar el fruto de esta, lo cual la convierte en la Gran Omisión.

Hoy tenemos megaiglesias y otras con buena cantidad de miembros, pero muchos son simples creyentes, asistentes cual espectadores sin compromiso alguno y, lo peor, no son discípulos de Cristo, sólo simpatizan con el Señor y el evangelio, pero «no cargan su cruz y siguen en pos de Él». ¡Eso es una tragedia!

Desde el mismo nacimiento de la Iglesia de Cristo y durante los primeros tres siglos de esta, todo aquel que se convertía al Señor entendía que su vida ya no le pertenecía, que viviría no sólo un nacimiento espiritual, sino una total transformación de su vida y costumbres, tambié entendían que eran prácticamente reos de muerte por causa de Jesús.

Hoy muchos ni al mundo quieren morir, no entendiendo que «quien se hace amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios» (Santiago 4:4).

Nuestro Señor habló de la Ley, los profetas y los Salmos explicando exactamente lo que significan, no en lo que los religiosos los habían convertido, Él nos habló de negación, se cargar nuestra cruz para seguirle y servirle, de las aflicciones que sufriríamos sus seguidores y, por supuesto, de la gloria eterna que eso nos dará como discípulos. Actualmente muchos viven un evangelio sin cruz y así esperan ver la gloria venidera.

¡Nada más falso que un evangelio sin cruz y un denominarse cristiano sin ser discípulo de Cristo!

Jesucristo nos dejó el siguiente mandato, conocido como la Gran Comisión: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado. Y he aquí, yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:18-20).

En este pasaje la evangelización es tácita, pero el Señor recalcó la necesidad de «hacer discípulos»; por eso hoy nuestras iglesias se están llenando de creyentes de los cuales un pequeño porcentaje viven y se comportan como discípulos.

Peor aún, ni siquiera están discipulando a aquellos que Dios está agregando a la iglesia para ser salvos, sólo predican (cuando lo hacen), invitan a algún familiar, amigo o conocido a la congregación, pero no se comprometen con «enseñarle a obedecer las cosas que Jesús nos ha mandado» en su Palabra.

En la actualidad evangelizamos (en las calles, casas, a través de los medios de comunicación, la literatura, entre otros), pero casi no discipulamos, que es donde está el verdadero crecimiento sólido del creyente hasta llegar a la madurez. Un discípulo genuino conoce la verdad, la vive y la enseña, reproduciendo así a Cristo en otros.

Hay una analogía de lo profetizado por Hageo con la evangelización moderna (salvando las distancias entre Hageo y nosotros, y con el perdón de los exégetas bíblicos), la cual traemos a colación: «Ustedes siembran mucho, y recogen poco… y los que trabajan por un jornal lo reciben en saco roto» (Hageo 1:6). Es la triste realidad de hoy, evangelizamos mucho y el fruto de nuestro trabajo evangelizador cae en saco roto; «vamos» por la gente y cuando la tenemos sentada en nuestras congregaciones no las «hacemos discípulos».

Nuestras semillas caen junto al camino, entre pedregales o entre tupidos arbustos de espinos, pero sólo una parte de esta semilla cae en buena tierra (trabajada, cultivada y cuidada) que es donde la semilla (creyente) crece y fructifica a un 100, 60 o 30 por uno. Esta última tierra la conforman aquellos que debidamente discipulados, ellos luego son quienes se convierten en fructíferos discipuladores y producen fruto; nótese que en la cuarta tierra todos producen fruto según su capacidad (Mateo 13:18-23). «En esto es glorificado mi Padre: en que lleven mucho fruto y sean mis discípulos», dice Jesús en Juan 15:8.

No sigamos sembrando y cosechando en saco roto, tenemos el deber y la obligación con el Señor de hacer de cada creyente que llega a la iglesia un verdadero discípulo; sabiendo de antemano que muchos no querrán ser discípulos, que estarán sembrados en el campo (la iglesia), pero que no darán fruto porque sencillamente son cizaña; de esos se encargará el Señor en su venida por la Iglesia, mientras tanto enfoquémonos en hacer de cada creyente un discípulo de Cristo.

Muchos pastores se envuelven en el activismo, que en sí no es malo, si se dedicara igual o más tiempo a formar a Cristo en la vida de sus congregantes para que luego ellos hagan lo propio con otros. Ese dedicarse a muchas cosas y menos a hacer discípulos es la razón por la que muchas congregaciones a nivel mundial están en desacato al último gran mandato del Señor de «ir y hacer discípulos», y de eso el Señor nos pedirá cuentas en el tribunal de Cristo (2ª Corintios 5:10).

Jesús hizo mucho énfasis a lo largo de toda su enseñanza en la importancia de ser y hacer discípulos, ¿no deberíamos nosotros imitar a nuestro buen Maestro?

Revirtamos de una vez por todas la Gran Omisión y aboquémonos con todo nuestro ser y recursos a la Gran Comisión. No sólo evangelicemos, también hagamos de ellos verdaderos y consagrados discípulos de Jesucristo, eso es realmente lo principal que nos mandaron a hacer. «Y he aquí, yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo», nos asegura Cristo.

Para reforzar este tema, hablaremos acerca de la conclusión a la que llegó George Barna, CEO del Grupo de Investigación Barna de EE.UU., quien acaba de afirmar que «la mayoría de los cristianos no saben lo que es un discípulo». De ello nos ocuparemos la próxima semana, Dios mediante.

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